LA HORA: de la mañana vista del revés
Una vez que me sentía solo me hice acompañar por parte de mi mundo, girando algunas cosas y poniendo otras en penumbra; lo que giré era, fundamentalmente, ciertos focos; lo que retiré, lo hice para dejar otros asuntos bajo la nueva luz.
Escribí un relato de tropecientas palabras, que a mí me resultó de lo más comedido. Medido no... contenido, simplemente.
Releído, es de lo mejor que he hecho. Y es algo “crepuscular”, esa es la impresión que me dejó el conjunto. Lo más logrado.
El juego de luces compone una sensación de foco amplio, cenital y tenue. Como un lunón incandescente, amarillo, Luna llenota. Pero interponiendose una malla de nubes grises, rasgadas; una media rota y brillante; un papel de plata translúcido como gafas de sol para la noche, como gafas de luna.
Luego quedan los detalles, esos que uno ha de encontrar en el suelo, en los estantes, por los huecos palpables o palpitantes de una trastienda que nadie va a molestase en alumbrar. Ahí está todo. En lugar de dar al interruptor que enciende la antirromántica y, sí, retórica bombilla halógena en prosa, se maneja a tientas poéticas, o ni eso: se mueve decidido el explorador, que sabe ya (en teoría) dónde está todo, y lo va a encontrar sin problemas. Pero -de repente- algo puede sorprender: no hay luz, igualmente, pero los ojos se abren mucho, las pupilas se dilatan y un foco humano queda iluminando la cosa maravillosa y sorprendente que no se sabía allí.
Los ojos se encienden.
En los rincones del alma humana -o lo que sea eso- quedan un montón de cachivaches por descubrir. La linterna los enfoca y ¡zas! Ya no los olvidamos. O sí. Pero hemos cambiado.
En el crepúsculo, los ojos se encienden.
En los rincones de nuestra soledad, recorriéndolos sin miedo, o con miedo pero con valentía para superarlo –Juan Sinmiedo murió de un susto: el que le dio su sombra; pobre; tonto- descubrimos la compañía de tantas cosas, de tantas personas que están habitándolos y que son... habitándonos.
Que uno no puede ni debe ni quiere ni desea renunciar a nada de eso.
En los rincones de mi soledad... mis ojos se encienden. En mis rincones... no estoy solo.

El Lobo... es bobo.
el inevitable anónimo dijo
Soledad, en español, como palabra, es un fracaso.
No sirve para nombrar a la soledad escogida.
No sirve, tampoco, para nombrar a la soledad encontrada, descubierta... y renombrada. Porque no es una soledad solitaria. Es, simplemente, un nuevo territorio sin conquistar, no ocupado todavía.
Al español le faltan palabras, pero no hablantes.
A la soledad le faltan habitantes, pero no personas.
7 Marzo 2006 | 09:32 AM