4 Abril 2006
El ingeniero, que vive en Clermont-Ferrand y trabaja para la Michelín, encuentra un libro en una librería. Su discurso nos guía a lo largo del relato. ¿Es un discurso dirigido a sí mismo, contra sí mismo, a favor de sí mismo? ¿Es su vida? ¿Es la reflexión sobre su vida o en torno a ella? Y los acontecimientos se suceden. Pocos. Pero importantes. ¿Es que el ingeniero nos está contando su vida, se trata de una narración?Se trata del libro "Seis cuentos morales" de Eric Rohmer. Los relatos que preceden a las películas. Editado por Anagrama, para mí imprescindible, pésimamente traducido; merece el esfuerzo.
Es un libro para leer con los ojos cerrados. Para abrir los ojos ya están las películas. Un tema para seguir hablando... luego.
*****
El ingeniero abre los ojos. Abre la boca. Abrió las palabras; nos sigue diciendo:
De momento, no tengo ganas de relacionarme con nadie. Cuando es preciso charlo con mis colegas de la lluvia y del buen tiempo. No intento cultivar mis relaciones. Aquí el ambiente es austero, pero creo que yo supero la frialdad general.
Este gusto por la soledad es poco habitual en mí. En el extranjero hago amistades en seguida, sin precauciones, porque sé que todos los lazos son frágiles. Aquí, observo y mantengo las distancias. A partir de mi regreso, me ha entrado un frenesí por el estudio. En primer lugar las matemáticas, a las que me han obligado a volver las necesidades profesionales, pero que también cultivo por sí mismas, como me ha sucedido, a rachas, cada dos o tres años. Un día, mientras buscaba en una librería unas obras sobre el cálculo de probabilidades, eché una mirada sobre el estante de libros de bolsillo y compré los Pensamientos de Pascal. No había vuelto a leerlos desde el Instituto. Pascal es uno de los escritores que más me han marcado. Creía conocerlo de memoria: encontré en efecto un texto familiar, pero ya no era el mismo texto. El que yo conservaba en la memoria fustigaba la naturaleza humana en su totalidad. Lo que ahora tenía ante mis ojos era algo intransigente, excesivo, que me condenaba a mí y a mi vida pasada o futura. Sí, se dirigía particularmente a mí.
Mi efervescencia intelectual iba acompañada de un retorno a la práctica religiosa. Y era ahí donde Pascal me molestaba. Me paré donde decía: "tomar agua bendita, decir misas"... Entre los impíos y los santos, no dejaba espacio para el hombre de buena voluntad que yo quería ser.
servido por lobobobo
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20 Marzo 2006
Cuánto tiempo hacía que no empezabas a ver una película y la terminabas, tú solo, echado en ese extraño sillón...
No sé si mañana aún me acordaré de todas esas frases que iba subrayando a medida que las decían.
Como hacía tanto tiempo que no veías así una película entera, quizá cualquier cosa te podía deslumbrar con facilidad ¿no?
Pensé que lo que más me iba a gustar de la película era el fondo, en movimiento, los paisajes mientras ellos pasean.
Pero luego, me gustaron más otras cosas...
Tienes pendientes de ver mil películas de cine clásico, de las que uno no debe perderse. Y sin embargo, normalmente acabarás volviendo con una de las de siempre. O verás algo muy reciente y... bpuah... no malo, pero...
Me llamó la atención cuando se refieren a la muerte de Nina Simone. Es algo tan reciente. Y la casa de ella ¿cómo puede permitirse algo así? El caso es que seguramente sí que puede. Y ¿no hay trampas, trucos de raccord? Me encanta que los haya si salen bien: es como si entraran en un parque y salieran de otro, en la parte contraria de la ciudad. Aprovechando que todas las hojas verdes se parece. Sí, creo que eso es justo lo que pasa.
Una buena película debe estar bien acabada.
¿Acaba bien, acaba mal? El caso es que me gustó. Me gustó mucho. Y no desde el principio. Me fue gustando poco a poco...
Y me enamoró cuando ella dijo esa frase.
*****
Hoy he visto, entera y solo, una de esas películas que es obligatorio ver.
Al final de la escapada.
También transcurría en París.
À bout de souffle.
Del año 60. Debió de ser toda una revolución entonces.
Todo un clásico.
A mí no me ha gustado.
No está mal, es una película... mona. Pero no deja un recuerdo que acompañe.
Quizá alguna frase...
Cuando Parvulesco dice que su deseo es:
Llegar a ser inmortal. Y entonces, morir.
O mi favorita, dicha por Poiccard, pronunciada por Belmondo:
Vosotros los americanos sois idiotas. Admiráis a Lafatyette y a Maurice Chevalier. Que son los más idiotas de entre todos los franceses.
Pero lo mejor de la película es sin duda el encanto de algún gesto, por otra parte bastante pánfilo, de uno de los protagonistas para con el otro, y viceversa. Y todo para que les veamos.
Es una película exhibicionista. Y hueca.
Lo único verdaderamente duradero es alguna de sus chispas de encanto.
Marcó una época: la ropa, el estilo, el tabaco...
Lo que más contento me ha dejado es que, no pocos de esos gestos de mutuo encanto yo los he sabido hacer, más o menos bien; y he tenido la maravillosa suerte de recibirlos, de disfrutarlos; antes de haberlos podido adquirir por ¿este referente?
Mi referente son los gestos mismos. Anteriores a la película en mi vida.
Los gestos son lo que dura(rá). Lo que está. Lo que habrá. Lo que se queda acompañándome. Los gestos son son lo que es: mi realidad.
¿Es que no me vas a dar un beso?
Me lo estoy pensando...
¡Con uno más ya serían mil!
¿Mil? Son muchos...
Sí.
Voy a dártelo.
*****
Me ha venido bien ver esta película. Porque así he completado un par de días enteros alobándome yo solo.
Ahora sé que puedo ver dos películas, dos días seguidos, enteras y yo solo.
Jo. No está mal.
No está nada mal, sobre todo si el cine era del bueno.
Me gustó mucho más la del día primero...
servido por lobobobo
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13 Marzo 2006
De la película de Eric Rohmer Ma nuit chez Maud, hay una escena que se me ha quedado grabada.
En blanco y negro primoroso, en medio de toda esa acción/conversación/silencio, todo lo sencilla y desenvuelta que se pueda re-crear, la narración envuelta por la naturalidad, plena y completa de falta de pretensiones para emitir un juicio moral; ese es el principal logro artístico, esa es la forma de filmar -eso... en los Cuentos Morales-: en mi escena, la cámara, inocente e implacable, se detiene en medio de la noche, en el escaparate iluminado de una librería...
El escaparate iluminado de una librería. Ahí se queda. O ahí me quedo yo.
Recuerdo haber leído que, hasta hace no demasiado, una de las librerías del barrio de Saint Germain en París abría sus puertas aún pasada la medianoche.
Qué lástima habérmelo perdido.
Pienso... cuando en medio de la noche me hace falta una luz y muchos libros; cuando... esa librería soñada está ahí, llena de luz, como... como un balcón sin cortinas y con sonrisas. Y lágrimas. Y todas ellas de felicidad; subidas a los estantes, guiñando, saludando, invitando(me) a entrar.
Pienso... recuerdo: el escaparate iluminado de una librería. El escaparate iluminado de una librería.
Una luz y muchas letras pasando (por) la noche a través de la lluvia...
servido por lobobobo
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9 Marzo 2006
En ocasiones uno se siente solo, intenta hablar. Se da cuenta de que todo lo que le queda es retórica. Siente una nausea. Sin embargo intentan que le amen por su retórica y, sobre ella, montar una historia hecha de recuerdos retocados. Un recuerdo retocado no es un recuerdo de mentira, los recuerdos no pueden ser de mentira nunca; son verdad en cuanto uno crea en ellos. Lo que no quiere decir que sean recuerdos autenticos.
Entonces, lo mejor puede ser aullar.
Antes de lanzar el aullido hace falta un momento, para escuchar sencillamente el silencio. Para disfrutar el silencio. Para tratar de evocar una canción. No todas las canciones que tengo en la memoria me inspiran, pero creo que está claro que sí todas las canciones que recuerdo mi inspiran... un recuerdo.
De la misma manera que todos los momentos de inspiración en mi vida –a partir de uno en concreto que no sabría señalar- tienen su melodía.
En ocasiones, todo lo bueno que uno puede hacer es aullar.
Es poco probable, en una ciudad medianamente grande, poder cruzar zona alguna, aunque sea muy de noche, y hacerlo completamente a oscuras. Además es peligroso, dicen. Lo sería, seguramente.
Mejor el campo: allí sí, uno sí que puede andar y andar, desorientado, sí, pero... asustado o no, eso ya es una elección. A oscuras, completamente a oscuras. La forma de descubrir que no todo lo que ilumina es una luz.
Me refiero a que sólo lo luminoso ilumina.
Y a que muchos ven el brillo e ignoran la luz.
¡Ay del pobre que no sabe aullar!
En ocasiones, lo mejor que uno puede hacer –y no sólo con la voz, sino en general- es aullar. Lo mejor dentro de lo posible...
Ay del pobre que no es capaz de hacerlo. Ay del más pobre aún, que cree que no puede, que asume que no puede –aun pudiendo- y que quiere que todo el mundo le tome por libérrimo y grandísimo aullador –aun no siendo capaz-.
Yo, por mi parte, mientras pueda...
¡Aaaaaahuuuuuuuu!
servido por lobobobo
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9 Marzo 2006
La primera vez que Roberto Bolaño y yo nos paramos a charlar él ya estaba muerto. No bien muerto, no tan muerto, tan meridianamente muerto que yo me fuese a creer que aquel iba a ser nuestro último encuentro, y gracias.
De hecho no lo fue. Él no había dejado de fumar, así que yo salí con tos. Pero no bebía una gota de alcohol desde la pancreatitis, así que también salí sin la extraña sensación de ser el único ser humano que alterna con cocacolas light.
La siguiente vez que nos vimos, además de hablar de literatura rusa y de la posibilidad de reducir o, más bien, reconducir la estructura de las grandes novelas grandes –o grandes tochos- a un relato de extensión breve –algo que, para entonces, él ya había logrado; aunque con toda modestia sostuviese estar en ello-, me di cuenta de lo bien que le sentaba estar muerto, pues había alcanzado la atemporalidad, extraña condición de no tener edad; y así –en manos de un lector poco ordenado, como yo- su obra iba a comenzar a dar saltos entre épocas y períodos de formación y consolidación, conformando lo que es hoy Bolaño para mí: una referencia confusa, constante, conciliadora con una etapa de mi vida, consoladora en cierto modo.
Bolaño bebía cocacola con una fruición poco común. También solía rascarse la cabeza –extraño pelo el suyo- con una mezcla de intriga –por el mundo- y seguridad –por su desenlace-, aunque supongo que lo principal era que le picaba el cuero cabelludo.
Nunca nos abrazamos, pero yo siento haberme llevado un abrazo suyo en algún momento...
Quizá sí que nos abrazamos.
*****
A quien lee a Bolaño hoy no se le añade el mérito de la originalidad. Pero tanto da eso, en comparación con el placer y el aprendizaje que se está jugando. Para ganarlo, el placer, no hace falta más que un poco de atención y haber elegido un buen momento. O un mal momento. Pero uno adecuado, en todo caso.
Para aprender, puede hacer falta algo más... Bolaño plantea muchas intrigas y muchos interrogantes. Y cuenta, cuenta, cuenta...
Juega en serio. Pero nunca da soluciones: creo que eso es parte de su valor, de su incalculable valor para mí. Un tesoro.
Hoy, públicamente devaluado de tanta adulación, Bolaño es ubicuo. Por eso hacía tiempo que no me lo encontraba en la intimidad y charlaba con él.
Pero hoy me he acordado.
*****
Hay que huir del bolañismo, desde luego. La mejor forma de hacerlo es leyendo libros de Roberto Bolaño. Leyéndolos por nuestra cuenta y riesgo. Aprovechar simplemente que sus libros son más accesibles que nunca, son baratos; y la reedición de La Literatura Nazi en América tiene un precio razonable. Además, gratis, en la Red se pueden encontrar cosas que no están mal.
Se trata de descubrir por nosotros mismos a Bolaño puede consistir en tener la iluminación siguiente:
¡Jo, nunca he leído a Roberto Bolaño!
y acto seguido buscar algún texto suyo y comenzar a leerlo. Para realizar la inmersión o prospección –depende de la tendencia subacuática o subterránea de cada cual- puede resultar útil saltarse todo lo que queda de este texto lobuno y buscar directamente los enlaces.
La propuesta es descubrirlo y atesorarlo. Formas breves y profundas de tener (buenas) maneras de destruir la soledad.
Vamos...
*****
La primera vez que leí a Bolaño, la primera vez que charlé con él, fue en la red, buscando y encontrando textos que me llevaron a otros textos y algunos de los cuales se los llevé impresos a una amiga, que realimentó el interés incipiente por el autor chileno, accediendo a jugar a que Bolaño en realidad sí estaba muerto, o que eso era lo que debíamos decir en público. Me indicó, además, que no sólo era un personaje de mi vida, sino también de la novela que causaba sensación: Soldados de Salamina.
Yo la leí por Bolaño, sin duda. El caso es que el libro me gustó y ya forma parte del recuerdo, como también conforma parte de esa sensación de compañía el juego con mi amiga en aquella época de ilusión.
El primer texto de Bolaño que imprimí, y que llevé impreso para que mi amiga lo leyese fue un fragmento de La Pista de Hielo que aún puede leerse gratis –en Internet; en mi memoria-. Ella se compró el libro y, verdaderamente, ese fue el comienzo del juego.
Luego vinieron los poemas de Tres y, entre algunos de los versos más desastrosos de los últimos tiempo y otros -de los más gloriosos de mi vida hasta entonces-, más textos gratuitos en la Red.
El que más me impresionó de aquellos fue El Ojo Silva. Pensaba copiarlo y pegarlo aquí, pero podéis leerlo igualmente pinchando el enlace. Y, cuando se trata de evocar a los amigos ausentes -y a los que ya no lo son, pero sí siguen siéndolo para siempre en el recuerdo- cuanta menos relectura, mejor.
De momento.
*****
El Ojo Silva...
Últimos atardeceres en la Tierra...
Llamadas Telefónicas...
Literatura+Enfermedad=Enfermedad...
La Literatura Nazi en América...
Etcétera...
...
Unos cuantos recuerdos.
Ficciones.
Él mezclando su biografía.
Y yo persiguiéndole.
Creo que dentro de poco volveremos a charlar. Si es que ya no lo estamos haciendo.
*****
Más enlaces:
· Obras de Roberto Bolaño en Proyecto Patrimonio
· En torno a Roberto y su entorno en SoloLiteratura.com.
· La dichosa página sobre Bolaño engendrada para el engendro culturetaguai del FNAC.
· Y faltaría el enlace al interior de esta mi cabeza peluda. Pero eso es -en parte- lo que antecede.
Felices lecturas y... ¡aaahhuuuuuu!
servido por lobobobo
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7 Marzo 2006
Una vez que me sentía solo me hice acompañar por parte de mi mundo, girando algunas cosas y poniendo otras en penumbra; lo que giré era, fundamentalmente, ciertos focos; lo que retiré, lo hice para dejar otros asuntos bajo la nueva luz.
Escribí un relato de tropecientas palabras, que a mí me resultó de lo más comedido. Medido no... contenido, simplemente.
Releído, es de lo mejor que he hecho. Y es algo “crepuscular”, esa es la impresión que me dejó el conjunto. Lo más logrado.
El juego de luces compone una sensación de foco amplio, cenital y tenue. Como un lunón incandescente, amarillo, Luna llenota. Pero interponiendose una malla de nubes grises, rasgadas; una media rota y brillante; un papel de plata translúcido como gafas de sol para la noche, como gafas de luna.
Luego quedan los detalles, esos que uno ha de encontrar en el suelo, en los estantes, por los huecos palpables o palpitantes de una trastienda que nadie va a molestase en alumbrar. Ahí está todo. En lugar de dar al interruptor que enciende la antirromántica y, sí, retórica bombilla halógena en prosa, se maneja a tientas poéticas, o ni eso: se mueve decidido el explorador, que sabe ya (en teoría) dónde está todo, y lo va a encontrar sin problemas. Pero -de repente- algo puede sorprender: no hay luz, igualmente, pero los ojos se abren mucho, las pupilas se dilatan y un foco humano queda iluminando la cosa maravillosa y sorprendente que no se sabía allí.
Los ojos se encienden.
En los rincones del alma humana -o lo que sea eso- quedan un montón de cachivaches por descubrir. La linterna los enfoca y ¡zas! Ya no los olvidamos. O sí. Pero hemos cambiado.
En el crepúsculo, los ojos se encienden.
En los rincones de nuestra soledad, recorriéndolos sin miedo, o con miedo pero con valentía para superarlo –Juan Sinmiedo murió de un susto: el que le dio su sombra; pobre; tonto- descubrimos la compañía de tantas cosas, de tantas personas que están habitándolos y que son... habitándonos.
Que uno no puede ni debe ni quiere ni desea renunciar a nada de eso.
En los rincones de mi soledad... mis ojos se encienden. En mis rincones... no estoy solo.
servido por lobobobo
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6 Marzo 2006
Uno se da cuenta de que se ha pasado -y se va a pasar- toda la vida equivocándose.
De pronto, una luz se apaga.
Uno se da cuenta de que no va a poder pasarse toda la vida culpándose de sus errores.
La bombilla tintinea, es como si tuviese una polilla dentro, deseosa de llamar nuestra atención. La luz se enciende y se apaga, de momento la luz permanece apagada.
Uno decide perdonarse. Y quiere ser leal: decide perdonar a los demás.
Un fogonazo. La luz se enciende...
Los errores, vistos con perspectiva, nos hacen más tolerantes. Para algo tienen que servir, para algo tenemos que hacerlos servir. Para aprender. Para darnos cuenta de lo que nos parecemos.
La luz se queda encendida. Me quedo mirándola.
Enciendo mis ojos y saco mi libreta. Anoto:
Igualdad. Isomorfismo. Gregarismo. Equívoco. Diferencia. Hermanamiento. Vida. Soledad. Plenitud. Sencilla... Alegría
Y no pongo un punto al final.
De pronto sale una polilla volando de dentro del farol. Así que estaba allí. Estuvo allí; ahora vuela.
Recuerdo que, en algún momento, las polillas me parecieron desagradables o feas.
Pero aprendí.
servido por lobobobo
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6 Marzo 2006
Durante los años 70 me fui labrando una reputación, la peor que me fue posible, como cantante de especial sensibilidad: el alcohol me ponía triste, yo cantaba destrozándome la garganta, el público se iba feliz a casa –salvo por el pequeño detalle de que, en realidad, no lo hacía; ni llegaban felices a los locales en los que yo actuaba, ni se iban mucho mejor que habían llegado, aunque sí normalmente algo más borrachos y con unos pocos dólares menos. De esos, yo no veía casi ninguno. En fin, fue una época bastante feliz. No me enteraba de mucho, pero resulta que ahora... ¡treinta años después! Ahora me acuerdo de casi todo. Sale en mis nuevas canciones ¿no habéis comprado el disco? Sale, en serio. Compradlo... lo cuento todo, en cierto sentido.
Parte de mi carácter triste lo disimulaba con la pose más cool que fui capaz de lograr: mi sombrero, la barba que me dejó de crecer a los cinco días, lo feo que siempre fui -¡eh, menudo bebé más feo! Le decían a mi madre; y nadie suele llamar feo a un bebé-, la guitarra que le estampé a mi exmujer en la espalda... oh, no; ahora que me acuerdo, lo de la guitarra fue el bueno de Bruce, siempre nos hemos llevado muy bien. New Yersey es un pequeño y jodido agujero donde no te queda más remedio que querer a todo el mundo, o morirte de asco. Yo estaba entre una cosa y otra.
Recuerdo que entonces no tenía tanta calma espiritual como ahora. Fue cuando me apunté a aquel curso de cirugía, en veinte entregas, por correspondencia. Digamos que ahora, bueno, si es necesario sería capaz de hacerle una traqueotomía a usted mismo con cierta facilidad, o por lo menos sin manchar esta preciosa alfombra sobre la que estamos... y todo gracias a ese cursillo. Y toda la calma de la que gozo ahora. Todo gracias a la organización que aprendí entonces: no mezcles huesos, por lo que más quieras, ni juntes órganos de varias personas en el mismo tupper; luego es un jodido lío y, mira, en cirugía, cada jodido lío acaba por parecerse bastante a una carnicería, y no de las buenas: sólo de las sucias.
Pues bien, esta historia viene de años antes: yo no era más que un chaval, y solía viajar al centro, no había mucha diversión por mi barrio, Brooklyn era en la época un sitio bastante aburrido, salvo que lo tuyo fuese andar jugando con cuchillos y acabar quemado, quemadísimo, en serio. Todos mis colegas de entonces acabaron achicharrándose, lo que me facilitó bastante darme cuenta de ciertas cosas. Yo no solía permanecer demasiado dando vueltas por allí, esperando a que alguno tuviese ganas de partirme algo. Solía coger el tren al centro, por la noche. Salía por la ventana y me subía al vagón más lleno de esas chicas –eran vecinas mías, las veía en la tienda de repuestos del viejo Moe, iban a comprar las piezas que sus padres les habían encargados; el jodido sáitiro de Moe acababa malo siempre, y no creo que todas esas horas extras que hacía, en su propia tienda, y con el cierre echado fuesen, como decía él, trabajo extra, no sé si me entiende...-; las chicas de Brooklyn eran muy fáciles entonces, sobre todo las que no eran demasiado guapas, claro, pero aún más que esas, aquellas que lo pasaban de verdad mal en casa: esas se hacían ilusiones más de prisa que pensaban, cualquier cosa para salir de los agujeros en los que solían vivir, cualquier cosa les parecía que las llevaría lejos. No yo, claro está: yo tenía tan impreso en algún sitio bien visible “Carne Envasada” que, bueno, tenía que conformarme con las verdaderamente desesperadas.
El caso es que salía por la ventana, bajaba por los hierros de emergencia, me montaba en el tren al centro, iba todo el camino tamborileando en la base del asiento, fumando un cigarrillo, el de la ida –me guardaba otro para el paseo por el centro, uno para invitar y el último para la caminata de vuelta-.
Alguna vez cayó alguna, claro. ¡Qué pregunta!
No, pero ella no. ¡La de la canción, claro! A esa la seguí con más atención de la que he puesto luego nunca en nada. ¿Que qué canción? ¿La del nuevo disco? ¡No, no, esa no!
Una, de la que hay una versión.
De las que he acertado, o no tanto, a roncar yo, esa, esa precisamente es la que más me acompaña cuando, por casualidad, sigo despierto.
*****
Downtown Train - lo que canta Tom Waits (DESCARGAR)
Outside another yellow moon
punched a hole in the nighttime, yes
I climb through the window and down the street
shining like a new dime
the downtown trains are full with all those Brooklyn girls
they try so hard to break out of their little worlds
You wave your hand and they scatter like crows
they have nothing that will ever capture your heart
theyr'e just thorns without the rose
be careful of them in the dark
oh if I was the one
you chose to be your only one
oh baby can't you hear me now
Chorus
Will I see you tonight
on a downtown train
every night is just the same
you leave me lonely now
I know your window and I know it's late
I know your stairs and your doorway
I walk down your street and past your gate
I stand by the light at the four way
you watch them as they fall
they all have heart attacks
they stay at the carnival
but they'll never win you back
Chorus
Will I see you tonight on a downtown train
where every night is just the same you leave me lonely
will I see you tonight on a downtown train
all of my dreams just fall like rain
all upon a downtown train
*****
Y mi versión...
Fuera otra luna amarilla
De un puñetazo agujerea la noche, sí
Yo trepo a través de la ventana
Y bajo a la calle
Brillando como una moneda nueva
Los trenes al centro están repletos
De esas chicas de Brooklyn
Que tanto desean escapar
De sus mundos tan pequeños
Ondeas tu mano y se dispersan, como cuervos
No tienen nada que jamás llegase
A cautivar tu corazón
Son sólo espinas sin rosa
Cuídate de ellas en la oscuridad
¡Oh, si yo fuese aquel
Que eligieses para ser tuyo!
Y único...
Oh nena, ¿puedes oírme ahora?
¿Te veré esta noche
En el tren al centro?
Cada noche es lo mismo
Ahora me dejas solo...
Conozco tu ventana y sé que es tarde
Conozco tus escaleras y conozco tu entrada
Bajo andando tu calle y paso de largo tu puerta
Me paro, bajo la luz en el cruce. Y tú...
Los miras mientras caen
Todos con su ataque al corazón
Todos prueban, se quedan en la feria
Pero ninguno consigue ganarte, no.
Y yo
¿Te veré esta noche
En el tren al centro?
Cada noche es lo mismo
Ahora me dejas solo otra vez...
Y... ¿te veré esta noche
En el tren al centro?
Donde cada noche es la misma
Y tú me dejas solo...
Tú me dejas solo otra vez, y...
¿Te veré esta noche...?
En el tren al centro
Todos mis sueños caen como lluvia
Todos, sobre un tren al centro.
servido por lobobobo
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